martes, 8 de julio de 2008

EL TANGO Y GARDEL: LA VISIÓN SOCIOLÓGICA


Escribe Walter Ernesto Celina


NOTA 2



El sociólogo Prof. Daniel Vidart ha sostenido que, con la vida de Carlos Gardel, se ha cumplido un proceso inverso al de los payadores y cantores más renombrados del espectro latinoamericano, se trate del pampeano Santos Vega, del Mulato Taguada, del valle central de Chile, del Cantaclaro, del llano de Venezuela o de Francisco, el colombiano.
Cada uno de ellos y muchos otros, en la convivencia sencilla y abierta con sus públicos analfabetos, reconociéndose intuitivamente en el pregón folclórico lírico o en la epopeya rural, pasaron a ser personajes fabulosos en la memoria transfiguradora del paisanaje.

Las tradiciones orales cuentan que se les animaron hasta al mismísimo Diablo…, jugándose la vida en mortales contrapuntos.
Cuando el tango madura a través de un proceso, que se reconoce en sus inicios en las academias montevideanas, en los peringundines, trinquetes y piezas de las chinas cuarteleras de Buenos Aires y en las cangüelas de Rosario de Santa Fe, accede -según Vidart- al gran ciclo de la canción, entre 1920 y 1950. Luego será música afinada, partiendo de De Caro, en 1926, para lucirse con Troilo, Pugliese, Piazzolla, los Fresedo, Federico, Stamponi, Di Sarli y muchísimos más. Entre ellos, los uruguayos Canaro y Zagnoli.

Ha recordado el Prof. Vidart lo que señalaba Montaigne: la palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha. A su juicio, ello la convierte en el mayor y más elocuente vehículo de la volición, del sentimiento y del razonamiento, socialmente manifestados.
Por 1920 “el tango ardía en las gargantas de un ejército de cantores que lo desenfundaban noche a noche, a falta de los puñales de la fábula. Uno de ellos, y no el mejor todavía, era Carlos Gardel”.

En el invierno de 1915, “El Mago” debuta en el Teatro “Royal”, de Montevideo, junto a José Razzano.
Julio César Puppo, “El Hachero”, en una inolvidable crónica, compilada en “Ese mundo del bajo”, se refiere al “grito de guerra, nacido en los cafetines de los suburbios”, extendida la voz con la expresión “¡Cantá, Medina, cantá!”
Juan Medina era un obrero gráfico de los talleres del Diario “El Día”, en Montevideo. Terminada su labor, salía en las madrugadas con la guitarra bajo el brazo a recorrer los bodegones portuarios. Era famoso por su habilidad en las payadas de contrapunto. Como recuerda Puppo, “la tisis estrangulaba su garganta y, apenas, si podía modular un verso. Era cuando sus consecuentes partidarios lo alentaban con un “¡Cantá, Medina, cantá!”.
Esto sucedía, cuenta “El Hachero” cuando “por otro lado se iba gestando el advenimiento de una nueva etapa: la del cantor, o intérprete, que sustituiría al payador o repentista, en la predilección del pueblo”.

La presentación de Gardel-Razzano en el viejo “Royal” recoge el mayor éxito.
Gardel: “Es un mozo gordo, redondo. El sobretodito marrón, pespunteado, le llega apenas a la rodilla. Era la moda. Gacho blando, con el ala caída sobre un ojo; bufanda rayada, blanca y negra”.
Y es por entonces que se oye un grito distinto. Se haría clásico. Observa Puppo que “vendría a señalar el comienzo de una etapa nueva: ¡Cantate otra, Carlitos!”. El público lo aclamará como a un ídolo.
Con razón sostiene Daniel Vidart: “En las orillas, donde el campo tropieza con las primeras tapias y la ciudad se desviste de su piel de ladrillo, no cabe ya más el payador rural, dueño del espacio y del tiempo míticos, de los grandes itinerarios ecuestres, de los oasis del desierto ganadero. Aquí, en los cinturones suburbanos, dialogan cara a cara dos humanidades marginales, ambas recientemente desarraigadas, Una, del interior del país, la americana, desgajada de sus pagos por el éxodo forzado a la ciudad. La expulsada de las estancias cimarronas (que se convierten en fábricas de carnes “out door”) por los representantes el patriciado terrateniente, la “oligarquía de la bosta” al decir de Sarmiento; son las víctimas de la “Pax Britannica”, que impone la racionalización económica de las haciendas y el refinamiento de la ganadería a cambio de la apertura de los mercados ingleses para la adquisición de la carne vacuna. La otra humanidad es la extranjera, en particular la italiana, llegada en las bodegas de la inmigración transatlántica…”.

En este proscenio, de intercambios y transformaciones, Carlos Gardel se adueña de los públicos platenses, españoles y franceses, latinoamericanos y filma en Europa y Estados Unidos.
Fallece cuando tiene alrededor de 50 años y de esto hacen, ahora, 73 más. Su ascenso no tiene límites.
Nuevos y viejos públicos lo aclaman. Algo de nosotros late en su voz, en los textos de sus canciones, en sus tangos. En esos tangos que lo acarician como al hijo pródigo de una familia impar, habitante de un cielo de dos orillas.

waltercelina1@hotmail.com