domingo, 13 de abril de 2008

GARDEL Y LA VOLUNTAD DE PERFECCIÓN

Escribe Walter Ernesto Celina

INTRODUCCIÓN

Roberto Lagarmilla ejerció su magisterio periodístico como comentarista musical desde el Diario "El Día" de Montevideo.
Atento observador de las manifestaciones de este arte, dedicó a Carlos Gardel algunas consideraciones poco frecuentes en su época.
Ellas tienen que ver con la voluntad perfeccionista con la que empeñara sus esfuerzos “El Mago”.
Bajo el título: “Carlos Gardel, el cantor inmortal”, Lagarmilla sostenía estos conceptos, el 23 de junio de 1974:

¡CANTA CADA VEZ MEJOR!
“Treinta y nueve años después de su desaparición física, Carlos Gardel continúa viviendo en el corazón del pueblo. En verdad, este hecho irrefutable debe reconocer bases muy sólidas: ya que “El Mago” alcanzó a dejar grabada su imagen y su voz en la cinta de celuloide y en los surcos del disco.
Y ese documento lo preserva de que su nombre y el recuerdo de su arte se transfiguren en una mera leyenda. No: con Gardel sucede todo lo contrario. A medida que surgen y pasan nuevos valores en la interpretación vocal, vamos descubriendo, cada vez con mayor claridad, las razones de su supremacía; y lo hacemos apoyados en la reiterada audición de sus registros fonográficos y en las fajas sonoras de un cine que, aún todavía imperfecto, alcanza para dar idea clara de una fortísima personalidad artística.

La ocasión es propicia para que nos hagamos plenamente solidarios de algo que un gran maestro uruguayo, el tenor Augusto De Giuli, está predicando desde hace tres décadas. En efecto: siendo conocedor de todos los resortes de la fonética y del arte del canto, De Giuli es y fue admirador de Carlos Gardel. Y, a ese respecto, nuestro tenor nos cuenta cómo “El Mago” se preocupaba incesantemente de perfeccionar su técnica vocal.
No fue un cantante fortuito; sino un artista plenamente conciente de su misión. Y a medida que su prestigio crecía entre las masas, Gardel redoblaba sus esfuerzos por lo que -él decía- “ser digno de la fama”. Y cuenta, De Giuli, con qué ahinco, Gardel concurría a los conciertos líricos, a las óperas y a las zarzuelas, con el fin de estudiar, en vivo, los resortes de la emisión vocal, la impostación y la dicción.

Gardel fue duro consigo mismo; y su historia está jalonada de verdaderos sacrificios en pro de un técnica vocal cada vez más depurada.
Pocos saben, en efecto, que aquélla voz y aquella palabra cantada, que con tanta “naturalidad” fluían de su sus labios, constituían el ansiado término final de un camino áspero por las disciplinas de la vocalización y la emisión. Y si es cierto que Gardel nació músico y que fue un predestinado, no lo es menos que la afinación cabal de sus virtudes fue obra de una educación consciente y completa. Por eso, De Giuli insiste, ante quienes deben velar por la educación de la voz (imprescindible no sólo para el cantante sino para todo aquel que deba hacer uso de la palabra), que esas disciplinas deben ser impartidas por verdaderos maestros.

“El cantor indudablemente nace; pero sólo se hace, por un sostenido estudio” nos repite, incesantemente nuestro amigo tenor, cuya voz se conserva maravillosamente fresca, afinada y clara, después de haber pasado, de lejos, la barrera de los ochenta años.
Conociendo, pues, uno de los resortes técnicos del arte de Carlos Gardel, lejos de ver disminuir su figura, se nos presenta enaltecida. A las dotes naturales, supo unir la voluntad de perfección.
Algo de esto intuye el pueblo, cuando, al cabo de centenares de versiones de obras populares, se enfrenta a la voz de Carlos Gardel. Y por algo, también, ha cifrado su opinión en una frase, por demás elocuente dentro de su sencillez: “¡Canta cada vez mejor!”.