martes, 17 de julio de 2007

EL NACIMIENTO DE CARLOS GARDEL

Introducción y selección por Walter Ernesto Celina

Junto a la historia verdadera, esa que los hombres nos empeñamos en aprehender y que tantas veces nos es esquiva, coexisten los mitos y leyendas que recrea el imaginario colectivo, en actos anónimos, transmitidos de generación en generación.

Desde muy lejanas épocas, en tan ricas fuentes abrevan, como tomados de la mano, los cantos populares y los escritos literarios.
La historia relatada de las sociedades, como la de sus hombres brillantes, se elabora dato a dato, se discute, se reinterpreta y se decanta en un proceso contradictorio y plural. Prolongado. No instantáneo, ni único.

La historia de Carlos Gardel aún no está suficientemente escrita. La investigación la aborda y la integra, con creciente empeño, en múltiples facetas.

Mientras ello transcurre, la literatura da espacio a muchas novelas, en que la fantasía huye de la realidad, la transforma o la devuelve para que sea asida, nuevamente, en el reino de la imaginación.
Norberto S. Baranchuk, en 2006, editó en Buenos Aires la novela “El nacimiento de Gardel” (colección narrativa Los Oficios Terrestres - Libros de Tierra Firme).

El autor es médico pediatra, miembro de la sociedad argentina de la especialidad y escritor prolífico.

¿De qué modo transcurrió el nacimiento del más formidable cantante rioplatense de todos los tiempos?
Veamos como Baranchuk lo presenta en su literatura:

EL PARTO

“Un hombre no es más que un hombre.
Una mujer no es más que una mujer.
Un acto de amor no es más que un momento,
un embarazo dura nueve meses y los hijos
vienen con un pan o un pecado bajo el brazo,
un destino incierto llevan las cosas
a un irreducible núcleo de misterio.

Una sala extensa y espaciosa engalana las paredes con tapices de Persia. El ambiente crea una sublime melancolía que lleva al visitante a meditar sobre la transitoriedad del destino humano. Cat y Vila (protagonistas de la novela. WEC) podrán contemplar su propio nacimiento. ¿O su propia muerte?
Una niña púber, de cabellera rojo fuego que le cae en cascada desde los hombros hasta la cintura, está sentada con las manos juntas sobre la falda. Mira, sin ver, un punto fijo en la pared opuesta. Es la parturienta. La función todavía no empezó; doña Paca tenía razón, había tiempo.
Al fondo del salón, en un ángulo, se puede ver un chaise longue, y al Dr. Cura con el sombrero puesto, sin saco y con las mangas de la camisa arremangadas. Prepara el material y lo dispone sobre una mesa. Hace una seña a la niña, ella se acerca. Está embarazada a término, la panza es monumental para su pequeña figura. Se saca la bombacha, se acuesta y con un solo movimiento levanta la pollera y las enaguas sobre su cabeza. Vila se pregunta por dónde va a respirar. Ella yace con las piernas abiertas, sus pies sobresalen del sofá. Entre la falda y las puntillas de sus intimidades asoma primero la cabeza y luego su fino cuello del que cuelga un pañuelo de gasa.
Cat tiene un grito atrapado en la garganta. El sentimiento de horror permanece entre la sensación y el lenguaje.
El doctor descorre un velo y muestra realidades ignotas y ocultas: el dolor de la madre púber, el nacimiento del héroe, la deshumanización de la medicina.
Sin embargo, la acción de develar sólo es posible en cuanto, al mismo tiempo encubra algo.
Develar es ocultar en rincones oscuros. Cat no puede gritar, debe ahondar en la oscuridad y saber descubrir su secreto que, sin embargo, puede profundizar el misterio.
Llanto de recién nacido; inspiración honda, primera bocanada de aire; cordón largo, trenzado, recorrido por vasos azules y rojos, húmedo. La tijera lo corta y ya son dos, madre e hijo, hijo y madre.
La niña se recupera, el doctor la ayuda a reincorporarse, la lleva con la mano en alto al centro del salón -como si fueran a bailar una contradanza-, donde la entrega a doña Paca, quien, con la misma parsimonia, teatralidad y mesura, la aproxima a un trono levantado en el extremo opuesto del ambiente. La ayuda a subir y sentarse, acomoda los pliegues de la falda y llama con un gesto a quien sostiene al niño en sus brazos. Es una lavandera, cabaretera, de bandera francesa, ella se hará cargo del bebé. La madre púber debe quedar en el misterio. Por un momento podrá adorar al niño. Lo ponen en su falda, de frente al salón para mostrarlo a los presentes. Con los dedos extendidos en ángulo, yema contra yema de ambas manos, la puérpera protege la cabeza de la criatura. Los pañales caen al suelo, el niño queda desnudo y abre sus manos, palmas arriba, separa los brazos, quiere volar. Un zorzal parejero canta en la ventana y vuela por él. Amanece.”

waltercelina1@hotmail.com