jueves, 5 de julio de 2007

DEL ANECDOTARIO DE CARLOS GARDEL

Escribe Walter Ernesto Celina
waltercelina1@hotmail.com
Un desaparecido sitio de Internet, identificado como:
http://www.carlosgardel8m.com./anecdotas.hmt, divulgó una serie de pasajes menos difundidos de la forma cotidiana en que se mostraba Carlos Gardel en el mundo de sus relaciones.
De dicha fuente se extractan los siguientes relatos, los que se acompañarán -cuando corresponda- de algún breve comentario.

DE BUEN HUMOR

La anécdota fue corroborada por Francisco Canaro y Cátulo Castillo. Canaro escribió que fue en Madrid, aunque se habría producido en Barcelona.
Al parecer “El Zorzal” siempre se hacía lustrar sus zapatos con el mismo muchacho. Una tarde Gardel silba despreocupadamente el tango “Silbando”, con la misma melodía con se aprecia en las dos grabaciones que dejara. El lustrabotas quedó extasiado.
-¿Qué bien silba, señorito Don Carlos!
-Ma que silbo... ¡Es un pito, pibe!
El joven aprovechó la confianza que le dispensara Gardel para preguntarle:
-Dígame Ud.... Perdone la curiosidad. ¿Qué se coloca en el cabello para tenerlo así, tan reluciente y bien peinado?
“El Zorzal”, sintiéndose de buen humor, le contestó:
-No se lo batas a nadie. ¡Dulce de membrillo! Probá. Es un fenómeno.
-¿Jalea, dirá Ud.?
-Eso es, jalea. Pero tiene que ser de la buena.
A la tarde siguiente volvió Gardel por la parada del lustrabotas. Tenía el pelo oscuro, a lo Louise Brooks.
-¿Viste pibe, qué bien te queda? ¡Parece que me hiciste caso!
-Sí señorito, es verdad... Pero, debe haber algún misterio porque a Ud. las moscas no le hacen nada y, en cambio a mi... Vea, ¡no me dejan vivir!

PEDIDO DE EXPLICACIÓN

El término silente es sinónimo de silencioso. Su uso no corresponde al lenguaje corriente, sino al poético.
“El Mago” dejó en la cera del disco 11 tangos del autor Enrique Dizeo ((1893-1980). Uno de ellos fue “A media noche”, musicalizado por Juan Maglio (Pacho).
El cantante y el letrista se conocían de 1923, estañeros como eran ambos en el “Café de los angelitos”. Allí Dizeo le entregó a Gardel su trabajo. Los versos del autor, que gustaba firmarlos “Ozedi”, dicen en un pasaje:
Como un gemido doliente,
llena de harapos, cabizbaja y mustia,
siempre se la ve silente
con todo el peso de negra angustia...
“El Zorzal” lo llama aparte y le pregunta:
-Decime... ¿qué carajo quiere decir “silente”?

UNA ACLARACIÓN PERTINENTE

El sitio de Internet que difundiera referencias acerca de la vida de Gardel formuló una aclaración que no es una anécdota, pero que resulta pertinente hacer conocer, despejando alguna idea equivocada acerca de la pronunciación gardeliana.
El hecho que, en algunas oportunidades, “El Mago” no pronunciara la “n”, trocándola en apariencia por una “r”, obedecía a una deformación de los rudimentarios medios de grabación empleados.
La explicación es la siguiente: la energía de la voz producía la vibración de una membrana que hacía incidir la púa en una rosca sinfín, la que grababa sobre el disco matriz de pasta. La voz era conducida desde una bocina, en que el cantor introducía prácticamente su cara y un caño la transportaba hasta la púa. Se hacía necesario marcar consonantes fuertes, ya que las débiles no alcanzaban a dejar una huella suficiente en el material sensible.
“Targo”, en vez de tango, se debe a eso. Y no a un defecto de pronunciación inherente al gran cantante.

TRES CHISTES SICALÍPTICOS

Se conocen tres chistes predilectos de Gardel. Solía contarlos entre amigos de mayor confianza, dado su contenido sicalíptico.
1
Un señor había tenido relaciones sexuales en la noche anterior a un largo viaje que emprendería en barco.
La mañana de la despedida, va la mujer al puerto.
Arriba del buque, apoyado en la baranda, el señor le grita:
-Si tenés noticias mías, ¡ponele Carlitos...!
A lo que, desde tierra, la mujer responde:
-Si tenés noticias mías, ponele permanganato...!
(Permanganato: Desinfectante dermal, de extendido uso para atemperar enfermedades venéreas, especialmente en la época anterior a la aparición de los antibióticos.)
2
Un señor llega a su casa antes de la hora acostumbrada y descubre a su esposa en la cama con un sujeto.
El marido indignado, le reprocha:
-¡¿Cómo podés acostarte con este mugriento?!
Replica la mujer:
-Mirá querido, vos sabés que soy una mujer muy católica. Pasó este hombre por la puerta y me dijo que tenía hambre. Y le di la milanesa que sobró anoche.
-¡Que me importa la milanesa!, interrumpió el esposo entrando en cólera.
-Ya se iba, continuó la mujer, cuando en la puerta me preguntó si no tenía alguna cosa de mi marido, que no usara más, como para dársela. ¡Y, bueno querido..., lo hice pasar!
3
Un señor desocupado ingresó cierta mañana al Jardín Zoológico. Al enfrentar el pabellón de los elefantes vió que cinco hombres trabajaban con una soga gruesa, como la de los barcos.
En cierto momento, en que los individuos tironeaban más y más, desde el recinto se oyeron gritos.
El señor no entendía nada, pero se ofreció para tirar él también. De buena gana los operarios le respondieron que sí. Y, así, transcurrió casi toda la mañana.
En cierto momento, uno de aquellos hombres dijo:
-Bueno muchachos, creo que ya está.
Largaron todos la soga. Luego vino una persona y les entregó 20 pesos a cada uno.
El desocupado regresó a su casa contentísimo.
-¡Querida: encontré un trabajo! Mañana iré temprano al zoológico. No puedo perder esta oportunidad.
Al día siguiente volvió al lugar, enderezando hacia el pabellón de los elefantes, sorprendiéndose al no ver a nadie.
Al rato, ve pasar a uno de los hombres que había tirado de aquella soga, preguntándole si en esta jornada no harían lo mismo. A lo que el operario respondió:
-Dígame: ¿Ud. piensa que todos los días vamos a hacer feliz al elefante?

LIGERO DE ROPAS

El día en que Gardel grabó “Madreselva” era primavera, pero el calor que se padecía en el estudio de la “Odeón” era como de verano. No podía ponerse un ventilador por el zumbido. El aire acondicionado no existía entonces. Los músicos estaban empapados, enfundados en sus trajes.
Gardel no aguantó más y se quitó el saco. Luego, el chaleco. Después la camisa y la camiseta.
Quedó apenas de zapatos y con los anteojos con los que se ayudaba para leer las pequeñas letras de las partituras.
Fue cuando justo aparece en la sala de grabaciones el técnico alemán, tan “austero, como cabrero”, al decir de Francisco Canaro.
-Pero “señó” Gardel ¿qué “quiegue” decir esto...?
A lo que “El Morocho” le replica:
-Esto quiere decir, viejito, que no tanto hacerte el estrecho, que a mí me han pasado el santo que vos en Alemania eras “una mandarina”...
La orquesta estalló en una carcajada. El alemán se fue ligero y sin saludar. Gardel continuó en lo suyo.

UNA PREVENCIÓN DE JUAN D’ARIENZO

El cabaret “Chantecler” se inauguró en 1924. El evento en sí no hubiera merecido mayor atención que la brindada por los jailaifes que allí concurrían en busca de esparcimiento. Pero ocurrió, desde un principio, que el lugar fue reducto de las mejores orquestas y cantantes. Y, lo que pudo ser un lupanar, devino en un verdadero templo tanguero.
Se ubicaba en Paraná al 440, casi Corrientes. La decoración presentaba una cascada y un molino luminoso. Fue inaugurado por la orquesta de Julio de Caro. Allí se presentaba la famosa Pepita Avellaneda. El animador fue el Príncipe Cubano, un personaje de antología. Carlos Gardel un distinguido cliente, quien llegaba después de sus actuaciones. Ocupaba siempre los palcos, en los que conversaba con tranquilidad con sus relaciones.
Era inevitable que una noche cualquiera alguien le presentara a Juan D’Arienzo ( 1900-1976).
Su debut se produjo en 1928, cuando su pianista era Luis Nicolás Visca. Actuó por 28 años en aquel centro nocturno. Su amistad con Gardel fue firme.
En una de sus charlas Gardel le confía sus temores de viajar en avión. Faltaba poco para que iniciara la que sería su última gira. D’Arienzo advirtió cierto nerviosismo en su amigo y le recomendó que no subiera jamás en uno de esos aparatos.
El cantante no tomó en cuenta aquel consejo y el 24 de junio de 1935 fallecía en el accidente de Medellín.
Al recibir la noticia D’Arienzo quedó amargamente impresionado y juró no subir, nunca más, a un avión. Y cumplió. A fines de los sesenta es contratado para actuar en Japón. Envía su orquesta y él queda en Buenos Aires.

FRAC: ¡SÓLO PARA CANTAR TANGOS!

Nos acostumbramos al Gardel de las últimas fotografías, al apolíneo cantante de 76 kilos, vestido de smoking y con poses de estudio. Pero no siempre fue así. Más o menos hasta 1921 los retratos lo muestran invariablemente gordo, con sombrero “rancho de paja” o con peinado de raya al medio, como Florencio Sánchez. Hubo épocas en que se quitaba la faja y desplegaba un gran volúmen, trabajado pacientemente con pucheretes en el viejo “Tropezón”.
Gardel luchaba contra la gordura con masajes, natación, pelota vasca y algo de gimnasia, pero a la salida de la Asociación Cristiana de Jóvenes, en Paseo Colón 161, se internaba en la cantina “Chanta Cuatro” para recuperar, con buena ventura, lo perdido...
Véase lo que sobrevive en la película “Flor de Durazno”, de 1917; un Gardel con una masa digna de “Las Violetas”.
Existe al respecto una historia interesante, que contó el autor teatral Antonio Botta (1896-1969). Este se encontraba en Suiza cubriendo para un diario porteño un campeonato de tenis. Allí trabó amistad con un tennisman inglés. Terminado el torneo, se fue a París, acompañando a un jugador de la delegación argentina y lo primero que hizo fue ir a saludar a “El Zorzal”, que actuaba con notable éxito en un cabaret. Y, justo allí, volverion a encontrarse Botta y el tennisman.
Botta y Gardel fueron invitados a pasar unos días en la residencia de la madre del inglés, donde se observaba la etiqueta hasta para ir al baño.
Ya se sabe cómo son de ceremoniosos los ingleses.
Ocuparon unas fastuosas habitaciones. La dama de aquel palacete anunció que recibiría a tan ilustres invitados a la hora de la cena, con británica puntualidad y traje de gala.
Era la hora y Gardel no aparecía. Llegó tarde, vestido así nomás. Con aire campechano se acercó a la dama, omnipotente en la cabecera de la larga mesa, para decirle:
-Mi simpática señora, le hago una aclaración. Yo acepto que el frac es una prenda muy elegante y distinguida, pero lo uso solamente cuando canto tangos. Permiso y ¡buen provecho!
Acto seguido, se sentó y comió a dos carrillos.